Muy orondo aparecí, un lunes de marzo, el la casa blanca, recuerdo que fue una fiesta, patatin. patatan, Andres me abrazo y lo primero que me oprimió fue la nariz, yo tenia una nariz respingada, era un botón traído de arabia, cerca al muro de la vergüenza, según oí.
Subía y bajaba las escaleras, al comienzo mis piernas de felpa eran fuertes, pero con el trajín se fueron deteriorando, mi piel de un paño especial, de la que era orgulloso, me protegía, de juego en que entraba con Andrés, me llevaba siempre bajo el brazo o de la oreja derecha, me convertía en un soldado batallando en las peleas mas inverosímiles.
Me gustaba cuando me llevaba a sus peleas personales, me ponía de frente y me señalaba el objetivo, y sin dar tregua lo defendía hasta el cansancio, y luego para tomar un descanso, el juego era con una rival muy especial, de cuidado diría yo por sus colmillos afilados de juventud, Fifí.
Un día, Andrés llego a mi rincón donde vivía, que era cualquiera en la casa, todos me miraron, se dieron cuenta que tenia una herida, vieja para mi, ya me había acostumbrado a ella, por ahí se me salía el algodón, pero no era ese el motivo de la visita, era mi tristeza.
Había escuchado que una lengua gigantesca de lodo, descendió por la quebrada lagunilla, cerca de donde vive un amigo y lamio el pueblo blanco de su orilla, pero el recuero paso rápido y Andrés me invito a jugar yermis.
Con su famoso bate, baje con dificultad la escalera, sentí que era hora de descansar, disfrute mirando, desde el andén, subí a tuta. En la espalda de Andres. En la noche Andrés y la familia dormían plácidamente, me deslice por entre las cobijas y me fui a ibernar los próximos seis meses.
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