Me deslice en el caminador de seis ruedas, por el piso de baldosa roja, era feliz, en el ir y venir todas las mañanas, me gusta que mi hermano venga y me salude, me da besos y corre con su oso, frente a mi, en un momento estoy corriendo de nuevo, el caminador, llego cuando tenia un año, niñas y niños están jugando junto a mi, me cuidan para que no me golpee.
Ellos corren, saltan, comen y estudian, están aprendiendo a leer y escribir, tienen la edad de mi hermano, cuatro años, construyen autos imaginarios con las ruedas gigantescas de colores, yo ya casi aprendo a caminar para unirme a ese juego fabuloso, salgo por algunos momento del caminador y me siento con toda la patota a almorzar mi tetero, ellos sopa de pata, mmmm.
Soy fuerte y lucho por no dormir, después del almuerzo, del segundo piso bajan raudos un momento los pitufos, dos pekineses que me lamben mi nariz, disfruto corriendo con ellos, ya puedo apoyar mis pies en el suelo, siento que el caminador ya no lo necesito, lo dejo y salgo a conocer los alrededores del jardín.
El alboroto fue enorme, nadie sabia donde estaba, las lagrimas brotaban a granel, pensé que era por la noticia que escuche cuando saboreaba mi primer choco Brey; sobre el incendio del palacio de la justicia, pero era algo más grave, no me encontraban.
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