sábado, 6 de noviembre de 2010

EL SUEÑO, DE VIAJE.

La realidad acerca a la camioneta de último modelo, pinchada ella, al decir de las señoras bien de Bogotá, no por falta de aire en sus ruedas, era el inicio de un deslizamiento en la montaña rusa, con objetos que se veían, por el espejo retrovisor, una silla de ruedas, otra llamada pato, un pisingo, todo, en la parte da atrás del vehículo, como para el uso de un paciente inglés.

En medio de estrépitos, que inician su vida al amanecer de los lunes, se abandona la población pintoresca, con nombre chibcha, Soacha que en medio de unos positivos de nunca acabar se debate en su angustia. La velocidad fue aumentando hasta alcanzar los doscientos kilómetros por hora; desayuno, calor, veraneantes, trabajadores, campesinos, el olor de la naturaleza, sin contaminar que entraba por la nariz y lo lleva a recuerdos infantiles. Se sube, se toma a la derecha, a la izquierda, no se sabe de norte o sur, en algún momento, como en abrir y cerrar los ojos, al frente estaba el aeropuerto, donde el compromiso era subir el paciente inglés.

II

Harvey, hospitalario, y como Cali ninguna, no se cansaba de decir Martha, estaba feliz. La noche entro sin permiso de nadie, se instalo y durmió un buen rato, de nuevo la velocidad, las alturas de la cordillera, atrás queda el rio magdalena deja la sensación en el espíritu, del paso de los conquistadores y fundadores, españoles, algunos convertidos en sátrapas infames, con el sometimiento de los indígenas, como escondido entra las gigantes montañas aparece el rio cauca, bordeado de caña de azúcar.

La diferencia en el tiempo y el espacio, era abismal, como los precipicios insondables al lado de la carretera; todo se tragaba estas magnitudes: los campesinos, colgados de sus sembrados en medio de la montaña, que arañaba las nubes, la ciudad de Popayán, que en su pasado sus habitantes de alcurnia, trajeron hombres y mujeres y las esclavizaron por su color, y con su trabajo, se enriquecieron todos los días.

El paciente inglés viaja en la cabina bien acomodado, come en abundancia y como cualquier pinche ingles vomita a borbotones, sus recuerdos de hombre, de haber caminado esas tierras de palmo a palmo, le permiten regresar ahora en lo imaginario, de la mano de sus ancestros; hasta que su vista se fija en un monte que parece observar, todo lo que la naturaleza construyo en millones de años. Aparece a lo lejos el monte Lerma.

III

En medio de la algarabía del almuerzo, el cansancio, asomo sus tenues antenas, como animalito tímido, que muestra sus antenas anaranjadas, y sus patas bien aferradas a la silla pato, para que la velocidad, no lo desaloje de su sitio; la carretera era como si saliera de la espalda en un hilo primero y luego en una cinta interminable llena de curvas, en la última llega la noche colgada de la parte de atrás del vehículo. Se subió como pudo y comenzó a mirarse, reflejada en las estrellas, el cielo estrellado le pareció inmenso y se ruborizo. Fue allí en medio de la desolación, donde el tiempo y el espacio se tragaba hasta la misma noche, llego la noticia, Antonio ya no estaría más, frente a su escritorio, su nombre se fue pegado a las pléyades junto con la constelación Tauro.

Al entrar al pueblo suspendido, en medio de la montaña, la mirada lo tuvo de frente para estabilizar, la esperanza de haber llegado: al tocar el rio Patía, al inicio de la hoz de Minamá, bajo la mirada del monte Lerma y en los oídos, el nombre del libertador Bolívar, en el departamento del Cauca.

IV

San Miguel, era un Arcángel tenaz cabeza de las milicias celestiales,( y en esos lugares) que defendía nobles causas de los pueblos, fue el que expulso, aquella noche cargada de nostalgia. La velocidad llegaba su fin, era tan cruel en aquellas pestañas pavimentadas, de las laderas, de las montañas más altas del mundo que conocía el paciente inglés; ya no había carretera, o era su comienzo, la familia feliz lo acogió, y como en los buenos tiempos el paciente inglés, recordó a los primeros Europeos en estas tierras, dueños de resguardos y de la vida de los esclavos e indígenas, los trasportaban sentados en hamacas en las noches de enfermedad, éstas guindas de los hombros de dos hombres o mujeres según la disponibilidad.

Brotan de la montaña, la Ortizera, niñas, niños, ancianas, mujeres, hombres jóvenes y adultos, como por arte de predistigitación, de la primera y hasta de la cuarta generación, del paciente inglés, las lagrimas fueron opacadas por la belleza del lugar, tenía la tranquilidad del santuario de Piendamo, la suficiencia de Rafael el gordito, que invito aquel viaje, donde era feliz Martha, nunca se supo si por el calor, el olor a naturaleza o por viajar al lado de la suegra.

Las horas estaban impregnadas de la velocidad. Los brazos de despedida, ayudan a subir al paciente inglés, la montaña, ni el tiempo se detuvo, para ir a mirar la quebrada, donde fluye oro. Esa velocidad infame consumió el tiempo, el espacio, los objetos, la naturaleza, como quizá ocurrirá en el final del cosmos y de la vida.

El paciente inglés se regocijaba, después del estropicio del viaje, frente a la imagen del señor de los Milagros de Buga, donde el Franciscano, Francisco Rodríguez cuenta la experiencia de una anciana india, vivida en 1919. Su pensamiento, se notaba en sus ojos tristes, pedía por todos; eran innumerables sus afectos, que lo confundieron, pedía para que sus rodillas le permitieran caminar, aunque él estaba convencido que si se cambiaba de zapatos, lograba correr por aquellos cordones gigantescos de tierra, ante la mirada disimulada del monte Lerma.

V

La mañana fue esplendorosa, la noche no alcanzo a agarrar la parte trasera del vehículo para seguir, quedo allí arrastrada, pero con una sonrisa que no se entendió. Solo cuando aparece al túnel, oscuro, frio, no olía a nada, de ambiente pesado, a pesar de la velocidad, sus habitantes naturales eran tracto mulas, que circulan por él causan terror, el piso se hunde al paso de las llantas con su peso de tonelada, los movimientos son bruscos, hay una luz cada kilometro alimenta el ambiente, de paredes grises, la portentosa construcción es magnífica, se viaja como al centro de la tierra, el tiempo y el espacio siguen engullendo, en dirección a la boca del túnel, tanto que el tiempo pareció de mil horas y el espacio recorrido interminable, allí adquirió sentido la risa socarrona de la noche.

Siempre la luz al final del túnel, como dicen los ciudadanos conscientes y buenos del país, a esa velocidad dimos de bruces, al océano pacifico, en el triste puerto de buenaventura, los carnavales y fiestas no logran poner festivo a nadie, todos los de allí están ensimismados, buscando la manera de ver el mar, en su plenitud, dos formaciones de tierra, no lo permiten sentir ni oler en su pura naturaleza, solo el aceite y la desesperanza, que causa la riqueza de las transnacionales, que en grande barcos, sacan los productos de la tierra natal y traen camionetas, para someternos al suplicio de la velocidad.

El paciente inglés era feliz, recuerda, frente al plato del sancocho de pescado, el color de su piel cobriza, muy parecida a la del negro, se sonríe, cuando termina, mira a su alrededor, ve en Juan la complicidad y se reclina en su sueño cumplido. Ha entrado de nuevo en ese sueño de película que protagoniza Leonardo DiCaprio, el origen, donde un sueño va tras otros sueños y con suerte se llega a la realidad a través, de lo que pasa a una velocidad, de doscientos kilómetros por hora

viernes, 5 de noviembre de 2010

EL SILENCIO (cuento)

El auto viene raudo, baja por la empinada avenida, lejos se escucha el estrepito de olas, como voces trémulas, levantan sonidos que llegan juntos a los oídos, de los cuatro ocupantes, del automóvil. Es el sonido, y la mirada del mar.

El mediterráneo, el mar por el que se transporto la cultura universal dicen algunos, paso obligado de viajeros, los de África, que colonizan el mundo de humanidad, fenicios, griegos, y Tarik que dio su nombre al encuentro de dos gigantes oceánicos, en la puerta de la caridad.

Cansados descienden cuatro viajeros modernos y jóvenes, dos hombres y dos mujeres, de aspecto des complicado, vienen de tierras lejanas, a práctica del arte de bucear, las playas son un poco pedregosas, el calor era aceptable, igual que el cosquilleo del estomago, al enfrentar una experiencia, que nunca se les había pasado por la mente.

El instructor, trae los trajes, los mira y trata de encontrar algún defecto, observa de reojo la botella, donde va el aire enriquecido con nitrox, heliox y trimix, el calor lo abruma, toma en una mano el chaleco hidrostático, donde se sitúan los arneses de flotabilidad, calibra con su experiencia de años las válvulas, los tubos, las boquillas, el sistema de lastre, los relojes, que van a indicar a los viajeros ya no de tierra si de la profundidad, las condiciones de su estadía en el agua por último se fija en el profundimetro.

Acto seguido el instructor invita a los jóvenes a vestir su traje de buceo, algunos lo hacen por primera vez, les ayuda, los chistes un poco secos, cargados de una saliva espesa y pegajosa en la boca, es la sensación de felicidad, junto a la de saber que adentrarse en el mar, las consecuencias serian inolvidables.

Entran lentamente, los buceadores, se sumergen, el corazón palpita, la experiencia se mezcla con el calor y el agua, es agradable y escalofriante, nadie se percata de ella, pero corazones a treinta mil millas, también se sumergen con ellos. Ahí la gravedad no cuenta, la oscuridad es insondable, esta frente a sus ojos, abiertos desmesuradamente, la maravilla de la naturaleza se iguala al miedo. Como sucedió con los de trafalgar, cuando escondidos espantaron las pesadillas de la guerra.

Fue una hora, al salir los cuatro jóvenes, están en silencio, había sucedido algo en ellos imposible de contar, se despidieron del instructor, que se asombro porque no les escucho ni chiste ni palabras, pero vio en sus miradas, el impacto de algo, era sobrecogedor, con cierto afán los cuatro jóvenes, se alistaron para subir al automóvil, el silencio era pesado, solo sus pensamientos, los hacía como comprender lo que había sucedido, se miraron ya en las afueras de Barcelona, sonrieron y cada uno en su interior, sabía lo que había pasado, y como un juramento tácito, hecho en el marco de aquel atardecer, decidieron no contarlo a nadie.

jueves, 14 de enero de 2010

LA DEMOCRACIA DE VERDAD (cuento)

El salto, al vacio que realizo el hombre de nieve, hizo saltar mi corazón, cuando pense que iba a morir. pero allí estaba otra vez encaramado sobre la corniza del cuadro, dispuesto a hacerlo nuevamente. Ese año nos habia por cosas del destino, estar sobre los cuadros como cuidandolos, era nuestro trabajo. Un domingo radiante de diciembre lo vi otra vez en el piso, palido en medio de su blacura.
le pregunte por que lo hacia y respondio, tengo una amiga cerca de aqui, ella cuida los objetos y adornos navideños del baño, es una muñeca vestida de rojo. Tengo el deseo de hablarle para saber que piensa de mi.
los intentos fueron vanos, se termino el diciembre y los objetos y figuras navideñas fueron recogidas y guardadas en espera de otra navidad. el hombre de nieve y la muñeca roja, quedaron juntos, se tomaron de la mano, se acercaron a luz que entraba por un costado de la caja, y dejaron volar sus sueños, dispuestos a cumplir en los años venideros.
Si le permito a la muñeca de rojo llegar a mi piso, tendria que hacer un lugar para sus cosas y mi privacidad se acabaria, lamentaria dejar todo lo que he alcanzado, para compartirlo con la muñeca de rojo; penso el hombre de nieve.
Si permito al hombre de nieve hacer parte de mi destino, tendre que decirle a donde voy, que hago, porque me visto de rojo, mis intereses de muñeca, mezclar mis cosas con las suyas que son blancas, penso la muñeca de rojo.
me abrazara, su perfume me gustara o me disgustara, mis canciones de la radio preferidas le llamaran la atención o se ensordecera con mi canto, madrugar o dormir tarde llamara la atención o el disgusto, penso el hombre de nieve y suspiro.
comer lo mismo o lo que no me gusta, solo por aparentar, si fuma, que lo detesto, debo aguantar desde el olor, y asumir un ejercicio estupido y valadi, como mio, igual que el entorno incluida mi ropa con olor a tabaco, se imagino la muñeca roja como seria vivir así, por diez años, tomo un sorbo de gaseosa, que sabia no le gustaba a todo el mundo, y sonrio.
el hombre de nieve y la muñeca de rojo, sin proponercelo pensaron, será que no hay un justo medio que nos permita vivir, sera que ese justo medio es la democracia. Abrieron lentamente los ojos y se vieron tomados de la mano, se sintieron seguros por primera vez en mucho tiempo y creyeron que ya era un buen comienzo. Se juntaron un poco más y se durmieron soñando, con la próxima navidad.