La realidad acerca a la camioneta de último modelo, pinchada ella, al decir de las señoras bien de Bogotá, no por falta de aire en sus ruedas, era el inicio de un deslizamiento en la montaña rusa, con objetos que se veían, por el espejo retrovisor, una silla de ruedas, otra llamada pato, un pisingo, todo, en la parte da atrás del vehículo, como para el uso de un paciente inglés.
En medio de estrépitos, que inician su vida al amanecer de los lunes, se abandona la población pintoresca, con nombre chibcha, Soacha que en medio de unos positivos de nunca acabar se debate en su angustia. La velocidad fue aumentando hasta alcanzar los doscientos kilómetros por hora; desayuno, calor, veraneantes, trabajadores, campesinos, el olor de la naturaleza, sin contaminar que entraba por la nariz y lo lleva a recuerdos infantiles. Se sube, se toma a la derecha, a la izquierda, no se sabe de norte o sur, en algún momento, como en abrir y cerrar los ojos, al frente estaba el aeropuerto, donde el compromiso era subir el paciente inglés.
II
Harvey, hospitalario, y como Cali ninguna, no se cansaba de decir Martha, estaba feliz. La noche entro sin permiso de nadie, se instalo y durmió un buen rato, de nuevo la velocidad, las alturas de la cordillera, atrás queda el rio magdalena deja la sensación en el espíritu, del paso de los conquistadores y fundadores, españoles, algunos convertidos en sátrapas infames, con el sometimiento de los indígenas, como escondido entra las gigantes montañas aparece el rio cauca, bordeado de caña de azúcar.
La diferencia en el tiempo y el espacio, era abismal, como los precipicios insondables al lado de la carretera; todo se tragaba estas magnitudes: los campesinos, colgados de sus sembrados en medio de la montaña, que arañaba las nubes, la ciudad de Popayán, que en su pasado sus habitantes de alcurnia, trajeron hombres y mujeres y las esclavizaron por su color, y con su trabajo, se enriquecieron todos los días.
El paciente inglés viaja en la cabina bien acomodado, come en abundancia y como cualquier pinche ingles vomita a borbotones, sus recuerdos de hombre, de haber caminado esas tierras de palmo a palmo, le permiten regresar ahora en lo imaginario, de la mano de sus ancestros; hasta que su vista se fija en un monte que parece observar, todo lo que la naturaleza construyo en millones de años. Aparece a lo lejos el monte Lerma.
III
En medio de la algarabía del almuerzo, el cansancio, asomo sus tenues antenas, como animalito tímido, que muestra sus antenas anaranjadas, y sus patas bien aferradas a la silla pato, para que la velocidad, no lo desaloje de su sitio; la carretera era como si saliera de la espalda en un hilo primero y luego en una cinta interminable llena de curvas, en la última llega la noche colgada de la parte de atrás del vehículo. Se subió como pudo y comenzó a mirarse, reflejada en las estrellas, el cielo estrellado le pareció inmenso y se ruborizo. Fue allí en medio de la desolación, donde el tiempo y el espacio se tragaba hasta la misma noche, llego la noticia, Antonio ya no estaría más, frente a su escritorio, su nombre se fue pegado a las pléyades junto con la constelación Tauro.
Al entrar al pueblo suspendido, en medio de la montaña, la mirada lo tuvo de frente para estabilizar, la esperanza de haber llegado: al tocar el rio Patía, al inicio de la hoz de Minamá, bajo la mirada del monte Lerma y en los oídos, el nombre del libertador Bolívar, en el departamento del Cauca.
IV
San Miguel, era un Arcángel tenaz cabeza de las milicias celestiales,( y en esos lugares) que defendía nobles causas de los pueblos, fue el que expulso, aquella noche cargada de nostalgia. La velocidad llegaba su fin, era tan cruel en aquellas pestañas pavimentadas, de las laderas, de las montañas más altas del mundo que conocía el paciente inglés; ya no había carretera, o era su comienzo, la familia feliz lo acogió, y como en los buenos tiempos el paciente inglés, recordó a los primeros Europeos en estas tierras, dueños de resguardos y de la vida de los esclavos e indígenas, los trasportaban sentados en hamacas en las noches de enfermedad, éstas guindas de los hombros de dos hombres o mujeres según la disponibilidad.
Brotan de la montaña, la Ortizera, niñas, niños, ancianas, mujeres, hombres jóvenes y adultos, como por arte de predistigitación, de la primera y hasta de la cuarta generación, del paciente inglés, las lagrimas fueron opacadas por la belleza del lugar, tenía la tranquilidad del santuario de Piendamo, la suficiencia de Rafael el gordito, que invito aquel viaje, donde era feliz Martha, nunca se supo si por el calor, el olor a naturaleza o por viajar al lado de la suegra.
Las horas estaban impregnadas de la velocidad. Los brazos de despedida, ayudan a subir al paciente inglés, la montaña, ni el tiempo se detuvo, para ir a mirar la quebrada, donde fluye oro. Esa velocidad infame consumió el tiempo, el espacio, los objetos, la naturaleza, como quizá ocurrirá en el final del cosmos y de la vida.
El paciente inglés se regocijaba, después del estropicio del viaje, frente a la imagen del señor de los Milagros de Buga, donde el Franciscano, Francisco Rodríguez cuenta la experiencia de una anciana india, vivida en 1919. Su pensamiento, se notaba en sus ojos tristes, pedía por todos; eran innumerables sus afectos, que lo confundieron, pedía para que sus rodillas le permitieran caminar, aunque él estaba convencido que si se cambiaba de zapatos, lograba correr por aquellos cordones gigantescos de tierra, ante la mirada disimulada del monte Lerma.
V
La mañana fue esplendorosa, la noche no alcanzo a agarrar la parte trasera del vehículo para seguir, quedo allí arrastrada, pero con una sonrisa que no se entendió. Solo cuando aparece al túnel, oscuro, frio, no olía a nada, de ambiente pesado, a pesar de la velocidad, sus habitantes naturales eran tracto mulas, que circulan por él causan terror, el piso se hunde al paso de las llantas con su peso de tonelada, los movimientos son bruscos, hay una luz cada kilometro alimenta el ambiente, de paredes grises, la portentosa construcción es magnífica, se viaja como al centro de la tierra, el tiempo y el espacio siguen engullendo, en dirección a la boca del túnel, tanto que el tiempo pareció de mil horas y el espacio recorrido interminable, allí adquirió sentido la risa socarrona de la noche.
Siempre la luz al final del túnel, como dicen los ciudadanos conscientes y buenos del país, a esa velocidad dimos de bruces, al océano pacifico, en el triste puerto de buenaventura, los carnavales y fiestas no logran poner festivo a nadie, todos los de allí están ensimismados, buscando la manera de ver el mar, en su plenitud, dos formaciones de tierra, no lo permiten sentir ni oler en su pura naturaleza, solo el aceite y la desesperanza, que causa la riqueza de las transnacionales, que en grande barcos, sacan los productos de la tierra natal y traen camionetas, para someternos al suplicio de la velocidad.
El paciente inglés era feliz, recuerda, frente al plato del sancocho de pescado, el color de su piel cobriza, muy parecida a la del negro, se sonríe, cuando termina, mira a su alrededor, ve en Juan la complicidad y se reclina en su sueño cumplido. Ha entrado de nuevo en ese sueño de película que protagoniza Leonardo DiCaprio, el origen, donde un sueño va tras otros sueños y con suerte se llega a la realidad a través, de lo que pasa a una velocidad, de doscientos kilómetros por hora