Había una vez, una mesa vacía, que miraba de soslayo a un comedor que no quedaba lejos de ella, se mostraba imponente a pesar de que solo él conocía su pasado, la mea era de madera y la acompañaban tres sillas con cojines azules, que la miraban todo el día y no podían hacer que su semblante cambiara. Un día en que le sol entraba por la ventana y le acariciaba, apareció sobre ella una pecera, con una bailarina y un bailarín que no bailaba y se mantenía en la profundidad, cuidándola pendiente de ella, mientras ella hacia su trabajo y era el de bailar para llamar la atención.
La mesa se sintió segura de ser útil, de mostrar lo que podía hacer, hizo entender a todos los demás, incluso al comedor arrogante con pasado extraño, que un rayo de sol y la fuerza para impulsar y sostener la vida, son suficientes para ser feliz. (22.XI.2009).
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