El auto viene raudo, baja por la empinada avenida, lejos se escucha el estrepito de olas, como voces trémulas, levantan sonidos que llegan juntos a los oídos, de los cuatro ocupantes, del automóvil. Es el sonido, y la mirada del mar.
El mediterráneo, el mar por el que se transporto la cultura universal dicen algunos, paso obligado de viajeros, los de África, que colonizan el mundo de humanidad, fenicios, griegos, y Tarik que dio su nombre al encuentro de dos gigantes oceánicos, en la puerta de la caridad.
Cansados descienden cuatro viajeros modernos y jóvenes, dos hombres y dos mujeres, de aspecto des complicado, vienen de tierras lejanas, a práctica del arte de bucear, las playas son un poco pedregosas, el calor era aceptable, igual que el cosquilleo del estomago, al enfrentar una experiencia, que nunca se les había pasado por la mente.
El instructor, trae los trajes, los mira y trata de encontrar algún defecto, observa de reojo la botella, donde va el aire enriquecido con nitrox, heliox y trimix, el calor lo abruma, toma en una mano el chaleco hidrostático, donde se sitúan los arneses de flotabilidad, calibra con su experiencia de años las válvulas, los tubos, las boquillas, el sistema de lastre, los relojes, que van a indicar a los viajeros ya no de tierra si de la profundidad, las condiciones de su estadía en el agua por último se fija en el profundimetro.
Acto seguido el instructor invita a los jóvenes a vestir su traje de buceo, algunos lo hacen por primera vez, les ayuda, los chistes un poco secos, cargados de una saliva espesa y pegajosa en la boca, es la sensación de felicidad, junto a la de saber que adentrarse en el mar, las consecuencias serian inolvidables.
Entran lentamente, los buceadores, se sumergen, el corazón palpita, la experiencia se mezcla con el calor y el agua, es agradable y escalofriante, nadie se percata de ella, pero corazones a treinta mil millas, también se sumergen con ellos. Ahí la gravedad no cuenta, la oscuridad es insondable, esta frente a sus ojos, abiertos desmesuradamente, la maravilla de la naturaleza se iguala al miedo. Como sucedió con los de trafalgar, cuando escondidos espantaron las pesadillas de la guerra.
Fue una hora, al salir los cuatro jóvenes, están en silencio, había sucedido algo en ellos imposible de contar, se despidieron del instructor, que se asombro porque no les escucho ni chiste ni palabras, pero vio en sus miradas, el impacto de algo, era sobrecogedor, con cierto afán los cuatro jóvenes, se alistaron para subir al automóvil, el silencio era pesado, solo sus pensamientos, los hacía como comprender lo que había sucedido, se miraron ya en las afueras de Barcelona, sonrieron y cada uno en su interior, sabía lo que había pasado, y como un juramento tácito, hecho en el marco de aquel atardecer, decidieron no contarlo a nadie.
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